Respondes con silencios largos
la solución del tiempo,
abrazas con fuerza
el gesto extranjero,
te haces del frio
y cada vez menos
del sueño.
Respondes con silencios largos
la solución del tiempo,
abrazas con fuerza
el gesto extranjero,
te haces del frio
y cada vez menos
del sueño.
A David, compañero de viajes y de heridas.
En la materia gris de las mentes oscuras
donde se teje el material para dominarnos a todos
recubierto de mierda dulce
entregada por fascículos
puedes encontrar miedo.
En mi mente desquiciada y esponjosa
nutrida por millones de imágenes malintencionadas
que distorsionan la visión de mi mismo y del mundo
y que proyectan furia y falso amor y dolor esponsorizado
y libertad embotellada
puedes encontrar miedo.
En los peones del tiempo veloces y malditos
que arden sobre nuestros sueños
y que disparan por detrás
y que nos encarcelan en un ritmo único ensordecedor
puedes encontrar miedo.
En la noche caída de aquel
que conduce sin rumbo
apresurándose por encontrar
un camino despejado
donde poder estrellarse
y así ser el silencio
y no gritar toda esa rabia
y todo ese deseo salvaje
de amor
que tiene y que todos tenemos
puedes encontrar miedo.
En aquellas noches
que escribieron el mundo
en mi cuerpo
y en otros cuerpos de la noche,
no había razones.
Todas se desvanecían
cuando tus ojos aterrizaban
para hacer del tiempo
un lugar para el olvido.
Hemos acudido a las palabras
y a los llantos,
a los incontables silencios
que acompañamos cada tarde,
cada noche en la distancia también.
Hemos suplicado clemencia
a un dios en el que no creemos,
cansados de hablar de una esperanza
incomoda y abandonada.
Hemos luchado por rescatar el presente
esclavo de una voz oscura que todo lo inunda,
y que todo lo puede.
Hemos creído caer
trazando caminos que a nada conducen,
abandonándonos a un falso destino
de frio y soledad.
Lo hemos visto todo
y aún veremos más,
y sin embargo yo te tengo
y tú me tienes,
por eso no podemos perder.
Sinceros son los ojos
del tiempo destrozándonos.
Sinceras son las mentiras
que utilizas para no hundirme.
Sinceras son mis llamadas de auxilio
cuando se arrodillan y te suplican.
Sinceros son los gestos incómodos
que ignoras y que secretamente te regalo.
Sinceras las palabras ausentes
que nos secuestran y nos sostienen.
En esas noches largas,
de cárcel e interrogatorio,
en esas noches duras,
que atacan y arrinconan
por detrás y a quemarropa,
pareces haberte marchado con el frio.
Y sin embargo,
todas las mañanas sostienes
tu sonrisa y el porvenir.
Dinamita suspendida,
eso pareces.
Llueven días simples al acabar el verano,
simples y tramposos.
Como esas tardes desechables
que respiran sin esfuerzo,
capaces de sostener todo
lo que esconde una mirada,
todo lo que nos dice
y no queremos oír.
Como esos aromas de victoria,
azules y fugaces,
envenenada imagen nítida
que nos sacude
haciéndonos creer
que se han borrado
los límites del control.
Conozco miradas urgentes
que debilitan una historia y
tratamientos del lenguaje
capaces de helar
las pasiones más cálidas.
No son pocos
los gestos involuntarios
que profundizan en el desencanto
ni los destinos incautos
que se ensañan con amores
recién estrenados.
Y sin embargo, todos conocemos
lo larga que puede ser la vida
de unos besos desgastados.
Para todos ellos,
mi corazón ha fundado un tiempo impreciso.
I
Todo aquello que creíste olvidar,
todo lo que se extinguió una vez
cuando empezó todo,
todas las secretas amenazas que
enterraste muerto de miedo,
crujen ahora, laten ahora,
asfixiando las pocas gotas
de luz azul que mojan
tu abatido mundo.
II
Quieres decirle a alguien,
sacudir violentamente tus
odios a alguien,
quieres un ser capaz de
descubrirte,
de vaciar tu mente sin miedo
a un gesto frio,
vaciar tu moral tan fiel
como enemiga.
Quieres ver algo poderoso,
como son las pequeñas cosas
inapreciables, rodear unos ojos
con tu mente limpia,
declararles tu amor excesivo,
rápido y casi milagroso,
quieres escuchar un Sí rotundo,
no quieres escuchar que la vida
es complicada y que todo es demasiado
precipitado ahora.
Quieres liderar tu vida,
la vida que no se esconde,
hablar, hablar lo necesario
para que el silencio descanse.
Quieres fotografiar tu memoria,
tus recuerdos borrosos,
determinar en esa quietud eterna
si resultas reconocible.
Quieres hacer lo posible,
lo necesario para abrir los ojos
cada mañana y
respirar un cielo simple,
que aleje tus demonios nocturnos
y traiga paz, una paz definitiva.
En ese estado, uno asume que ningún acto irracional e imprevisible está lejos de consumarse, incluso puede llegar a creer que es algo totalmente natural. Si de verdad se experimenta esa sensación de desequilibrio, de continua debilidad y admiración hacia alguien, no existe moral ni consciencia que nos detenga hacia el único objetivo posible: ser correspondidos.
¿Y cuánto dura ese inalterable convencimiento? Quizá esta pregunta no tenga jamás una única respuesta. Algunos cederán pronto, cuando su embriagadez sentimental sea aún fuerte, renunciando sin un claro convencimiento. Otros, agotarán todas las vías posibles, estrujarán cuerpo y alma para conseguirlo, hasta encontrarse un día cualquiera con un pequeño gesto, un pensamiento esclarecedor que anunciará la retirada y el fin. Y algunos otros, quizá en mayor número, permanecerán a poca distancia, sumidos en un profundo caos, convencidos de su derrota pero con la imposibilidad de abandonar definitivamente la lucha.