Caprichos del destino

 

 

El aroma rancio del puerto le revolvió el estómago, tuvo incluso un amago de vomitarlo todo. Decidió dar un trago a ver si así se le pasaba, al ver que la sensación desparecía volvía a dar otro trago y así hasta perder la cuenta. Aquel lugar húmedo y solitario servía de excusa para evadirse de su desastrosa existencia. Desde bien pequeño su vida se resumía en fracasos, fue un joven rebelde y cabreado con el mundo, quizás por la injusticia de ver morir tan prematuramente a sus padres se metió con todos y recibo de todos. Cuando conoció a María creyó sentar la cabeza, pero un día se marcho sin avisar y nunca volvió a saber más de ella. A partir de entonces, enlazó una depresión con otra que a la larga le llevó a conocer el tentador camino de la drogas.  La autodestrucción y la dependencia le hicieron hacer cosas horribles que desencadenaron en cinco años de prisión. Aquella etapa de la cual salió milagrosamente fortalecido, le sirvió para intentar encauzar su vida, pero fue tan solo minuto y medio. Ya fuera de la cárcel busco un trabajo para sobrevivir  y ocupar el tiempo, que por desgracia nunca obtuvo, la desesperación volvió hacer acto de presencia y aquel hombre en su enésimo intento de encontrar a si mismo cayó en el alcohol. Con cuarenta años de desgracias a sus espaldas se pasaba las noches bebiendo, sentado en el muelle cerca de los barcos atracados que tenían más luminosidad, le gustaba creer que algún día  María iba a volver, y que él no le recriminaría nada, todo sería como entonces.

Como cada noche turbió la dolorosa realidad con algo de vino, pero esta vez la paz que reinaba en el puerto se truncó con el sonido de un disparo .El estruendo provenía de uno de los barcos de al lado, aturdido y miedoso se acerco a examinar la zona. No vio nada extraño en las primeras embarcaciones, pero al llegar a la tercera una sombra le empujo y salió corriendo, después de unos segundos en el suelo se incorporó,  pero su vista borrosa por el impacto y los efectos del alcohol no llegó a reconocer nada. Entró en el barco y  siguió la luz del final de las escaleras del camarote que llevaban a un departamento, y allí lo vio, un hombre desangrándose en una cama. Agonizando, el herido le hizo señas para que se acercara, analizó la habitación y echó un vistazo al exterior por una de las ventanas, acto seguido con prudencia se dirigió hacia la cama, el hombre que a duras penas mantenía la consciencia intentó articular unas palabras, pero fue inútil, se desvaneció.

El día amaneció soleado, el mar calmado contrastaba con el bullicio de la ciudad de fondo. Cuando despertó la cabeza le estallaba, y se sintió desubicado en aquella habitación, con cierta torpeza buscó la cubierta del barco y respiró, era domingo, uno de los días más transitados del puerto, y eso le hizo pensar rápido. Volvió a la habitación y comprobó si aún respiraba pero pronto descubrió que ya era tarde, decidió limpiar cualquier detalle que le pudiera implicar y desparecer lo antes posible. Mientras buscaba trapos con los que secar el vino que había derramado tropezó con algo, era una bolsa negra de deporte. La tentación era tan enorme que ni siquiera dudó en abrirla, dentro había dinero, mucho dinero, cerca de cuatro millones de euros. Sus ojos se iluminaron, y  asombrado por los acontecimientos, acelero su huida de la embarcación.

 

Su aspecto dejaba mucho que desear, su rostro cansado estaba poblado por una barba generosa  y su vestimenta holgada, sucia y húmeda parecía la de un perfecto vagabundo. Estaba claro que llamaba la atención, pero no tenía muchas posibilidades así que intento actuar con la mayor naturalidad posible. Empezó a caminar mirando al frente, tenso, con las manos agarrotadas de tanto apretar la bolsa, intentando mantener la mente en blanco. Unos minutos más tarde se topó con la salida norte del puerto, se sintió algo aliviado y esbozó una media sonrisa. Después, anduvo dando vueltas por la ciudad indefinidamente, lo cierto es que no tenía un plan trazado, simplemente esperaba que pasara rápido el tiempo. 

Sus tripas rugieron, hacia ya unas horas desde que empezó la aventura y su cuerpo mermado pedía a gritos alimentarse. Conocía de sobras la ciudad, cada día la recorría en busca de un poco de dinero con el que comprar varios cartones de vino, así que no le resulto difícil encontrar una panadería por aquella zona.  Cuando se disponía a cruzar la carretera para entrar en el establecimiento, se topó con dos policías que rápidamente se apresuraron en detenerlo. Los reconoció en seguida, eran los mismos que patrullaban el puerto todas las mañanas.

          Buenos días, ¿qué hace usted tan lejos del puerto esta mañana? – le preguntó uno de ellos.

          Dando un pas..paseo  a ver qué en..encuentro. –  Su respuesta aunque rápida pareció de lo más asustada.

          Ha habido un altercado en uno de los barcos del puerto, ¿vio alguna cosa extraña ayer? ¿escuchó algún ruido?

          No, no vi na-da. 

El corazón se le aceleró y sintió como le faltaba aire. Uno de los policías no quedó muy satisfecho con las declaraciones y parecía dispuesto a llevárselo a la comisaria pero su compañero le convenció para que desistiera “es un vagabundo que nunca molesta a nadie, no sabe nada” le dijo.  Aliviado por el feliz desenlace, siguió caminando pero dos pasos más tarde la voz de uno de los guardias le volvió a reclamar. Inmóvil y de espaldas  a ellos se temió lo peor.

          Perdone, se ha dejado usted su bolsa.

          ¿ Eh? ¡Ah!  Gracias agente, muchas gracias.

Por una vez en su desgraciada existencia, la fatalidad que le había golpeado una y otra vez hasta aquel momento descanso. Se sintió liberado, despojado de una carga que le había acompañado mucho tiempo.  Con una tranquilidad mesurada volvió a recordar cosas extrañas para él, compró algo de comida y de ropa nueva, luego entró en una peluquería para afeitarse y arreglarse un poco. Cuando se dio cuenta era ya casi las seis de la tarde, el sol regalaba ya sus últimos minutos de luz,  se sentó en un banco vacio del paseo, cerró los ojos y fantaseó con la idea de buscar a María y de viajar por el mundo.  El hombre sin suerte, abatido, desamparado, sin fe,  el hombre que ya no esperaba nada, se sintió afortunado.

 

 

 

 

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2 comentarios to “Caprichos del destino”

  1. Esta era una de las ideas para un corto???
    Mua**!!!

  2. cercadelcielo Says:

    bufff muy complicado Vero, ademas de que es una historia muy flojilla, y más para un corto, los escenarios son complicados…jaja ya pensaremos algo , un beso!!!

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