A veces se va y nadie nos cuenta el porqué.

 

Sucede que existe la huida

y el dolor que la precede.

 

La mirada fija en un objeto olvidable

que soporta alguna verdad,

o las manos bailando sobre las teclas

pringosas de alcohol y de miedo.

 

Esa severa e incontrolable inquietud

de saberte culpable hagas lo que hagas.

 

El ventilador se encarga de evitar el silencio

pero no de evitar las preguntas.

Y las teclas, que siguen bailando,

no quieren escribir lo que piensas.

 

Dicen que el tiempo se vuelve más enemigo,

aunque la huida siempre es inevitable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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