A los que esperan.

 

 

Los que dicen adiós están muertos de miedo

–tiritan en el reverso de la sonrisa que nos despide-.

 

Los que dicen adiós nos recuerdan

en un tiempo en el que duermes

o en el que quizá tú ya has empezado a olvidar.

 

Los que dicen adiós no se van nunca

porque otros construyen imágenes,

embotellan olores

y se encargan de contarlos;

hacen de todo con tal de mantenerlos con vida.

 

Los que dicen adiós suelen hablar en silencios,

en miradas cargadas de duda

y de palabras impronunciables.

 

Los que dicen adiós necesitan distancia,

eso que solo se da al revolcarse en la herida del tiempo;

en aquellas emociones que evolucionan

y que parecen acostumbrarse a uno,

y que sin embargo, cualquier día,

nos transportan al momento exacto de la despedida,

es decir, al de la perdida.

 

 

 

 

 

 

 

 

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