La fiesta sin ella.

Debatía la luz matinal con el asombro

del que mira el primer estallido.

 

El sexo caducado dejaba un rastro

helado en los espejos,

ansiosos ya por mostrar lo inevitable.

 

Había que transfigurarse para no

herir el sueño de aquel cuerpo extraño.

 

Una quietud perversa

le empujaba a asistir al triunfo

de una mañana de oficina.

 

La fiesta era ayer,

sin ella -pensaba-;

y el tiempo se expandía

con el veneno tranquilo

de la memoria.

 

Con la certeza de saberse

suspendida en ausencias,

como aquellos gatos salvajes de la azotea,

sostenía el aliento último

de una vida explotada.

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