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El pasado siempre vuelve

Posted in - Relatos - on junio 24, 2011 by Xavi

“El pasado siempre vuelve. No de la misma forma, puede que incluso guarde un vago parecido con la verdad. Pero hay un momento, cuando eres mayor y has perdido todo rastro de inocencia que no deja de invadirte. Le pasó a tu abuelo y me está pasando a mí. Así que chico, constrúyete un pasado con el que puedas convivir.” Aquello me lo dijo una noche mi padre, unos días antes de su muerte en la única conversación lucida que mantuvimos. En aquel momento no entendí absolutamente nada, pero quedó grabado en mi mente para el resto de los días.

 

 

Mi madre y yo volvíamos de la ciudad en coche por la nueva carretera del Oeste, el paisaje era desolador, una línea recta de cemento en medio del desierto, un horizonte eterno interrumpido de vez en cuando por alguna casa aislada. En todo el trayecto no vimos a nadie, en aquella época era algo muy habitual. Al llegar a casa vimos a mi hermana Sara tendida en las escaleras de la entrada. Mi madre corrió hacia ella y al ver que no reaccionaba empezó a gritar, pasados unos minutos entró en casa. Caminé un poco hasta estar delante del cuerpo de mi hermana, y en ese momento deje de oír ni ver otra cosa. Mis ojos se clavaron en sus ojos, azules y grandes, durante un tiempo que no puedo precisar, y supongo que hubiera permanecido mucho más tiempo mirándola si no hubiera escuchado un disparo. Imagino que fue algo instintivo, porque subí las escaleras de mi casa directo hacia la habitación de mis padres, convencido con casi toda seguridad que mi madre se había suicidado. Por desgracia no me equivoqué. Nunca podemos saber como reaccionáremos antes una situación extrema, ni siquiera las personas frías y cerebrales como yo pueden preverlo. Cogí el fusil que había utilizado mi madre, puse munición y volví a bajar las escaleras. En esta ocasión ignoré el cuerpo de mi hermana y me dirigí a uno de los laterales de mi casa. Allí balanceándose en el porche estaba mi padre. La luz era débil y él estaba de costado, apenas podía vislumbrarlo. Avancé despacio esperando algo, sin una decisión clara. A los pocos pasos giró su cuello para mirarme. Le disparé en la cabeza. No pudo pasar más de dos segundos entre el cruce de nuestras miradas y su muerte, pero recuerdo perfectamente su rostro vacío mirándome. Uno espera rencor, rabia, o incluso arrepentimiento, pero solo había un vacio enorme en sus ojos y un gesto facial totalmente inexpresivo.

 

Es extraño recordar después de tantos años aquel momento de mi vida, muchas veces tengo la sensación de haber vivido dos veces. Y entre medio una enorme nada a la que nunca he podido llegar, oscura, inhabitable. Pero luego me acuerdo de lo que me dijo mi padre y me doy cuenta que simplemente intento olvidarlo, distorsionar el pasado y convertir aquello en una triste leyenda familiar que les pasó a otras personas. “Constrúyete un pasado con el que puedas convivir”, mi padre tenía razón, el problema es que yo nunca pude construirlo.

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Un pecho que pide ausencia.

Posted in - Relatos -, desamor on julio 14, 2010 by Xavi

 

 

Podría haber bastado con la amnesia selectiva que acostumbran a tener los amantes desterrados. Pero para él todos los refugios eran demasiado escurridizos y su corazón una enorme diana a la que disparar. Desconocía el mecanismo que activaba esa sensación, esa vorágine de impulsos que actuaban rápidamente, sin filtros a los que agarrarse. Parecía imposible dar un paso libre de aquel infierno, así que muchas veces buscaba la paz en el principio, en la virginidad del principio. La mañana era la del triunfo de la luz, las conquistas se sucedían sin cesar y la ciudad parecía aspirar a todo, a su pecho en cambio le hubiera valido con un poco de ausencia.

Hago planes.

Posted in - Relatos -, destino, improvisación, voluntad on julio 2, 2009 by Xavi

Yo siempre hago planes. Hago planes para hoy, para el fin de semana, para las vacaciones de verano, para el día que venga un amigo de Erasmus, para el futuro, para todo.  Tiendo a organizar mi vida, a veces cuando estoy a punto de dormirme , fantaseo con organizar cosas que resultan francamente  imposibles.  Y claro, algunas cosas salen como esperaba, pero la mayoría no. Aunque no me importa, porque creo que hago planes para ver como no se cumplen. Me encanta pasarme el día organizando una cena en una terraza de verano, reunirlos a todos después de interminables negociaciones, y que de repente empiece a llover,  porque luego nos miramos todos incrédulos con cara de circunstancias y nos ponemos a reír. O planificar un viaje a una isla caribeña durante 3 meses  y tener que anularlo todo el día anterior porque alguien se pone enfermo,  porque la semana siguiente,  nace la idea de coger el coche y viajar por el norte.  Supongo que lo que busco en verdad es que me sorprendan, y la forma más fácil para eso es tenerlo todo organizado.

Dar el paso.

Posted in - Relatos -, desamor, inconformismo, monotonía, pesimismo on mayo 24, 2009 by Xavi

A Pedro no le gusta lo que está viendo. En la tele están dando una serie B americana, la trama se centra básicamente en la búsqueda incansable de una madre por encontrar a su hijo secuestrado. Al argumento insulso y repetitivo se unen las sobreactuaciones de los actores, que se les ve llegar de lejos, en definitiva, un profundo somnífero. Alicia, su mujer, permanece absorta frente al televisor. Los domingos después de la comida familiar se hunde en el sofá y encadena pastelón tras pastelón. Pedro no logra entender como Alicia prefiere semejantes bodrios antes de leer un libro, una buena conversación o un paseo por la Rambla. Pero desde hace ya unos años, su mujer se aferra a una inflexible rutina, nunca improvisa, ni siquiera muestra interés cuando él propone algún plan alternativo los fines de semana, cariño mejor otro día hoy estoy cansada, suele decir. Me ahogo, piensa, me ahoga estar en casa, saber que cuando llega el viernes me espera siempre lo mismo, me ahoga permanecer inmóvil viendo como me conformo con eso, me ahoga su presencia. Pero Pedro nunca hace nada, simplemente mantiene el pulso en su lucha interior, y cuando le invade el pesimismo, o siente unas ganas irremediables de gritar siempre pierde la batalla.

 

La hora que va de las 16 a las 17 se hace eterna. Decide coger un libro que tenía abandonado, piensa que así acallar esa voz interior que le atosiga. Pero a cada frase le acompaña una pausa, se despista y mantener la concentración parece una quimera. Entonces se levanta y cruza el pasillo hacia la sala del ordenador. Ni me ha mirado, me muero delante suyo y ni se inmuta. El ordenador no le falla, tiene esa capacidad de atontarlo, de anestesiar cualquier estado alterado en el que se encuentre y dejarlo adormecido, un falso estado de paz. Y así pasan dos horas como si fueran dos minutos, hasta que el plácido silencio se rompe por la voz quejosa de su mujer. La música alta y la distancia que los separa hace imposible la comunicación, por eso Pedro se acerca de mala gana al comedor al ver que ella no se mueve. Ella le oye llegar y sin dejar de observar la televisión le dice, ¿Te parece normal poner la música tan alta? No vives solo en este edifico. Quizás el comentario no sea excesivo, pero Pedro ya un aguanta más, tiene ganas de vomitar todo lo que siente. Sus ojos suelen reflejar desilusión, rabia, pesimismo, pero nunca habían reflejado hasta ese momento valentía. Ahora sí, ahora se dirige hacia su mujer, seguro de decirle lo que piensa. Suena el timbre, son sus padres que vienen a tomar el café. Pedro, quieres hacer el favor de bajar el volumen, y abre que serán tus padres, hijo no se qué te pasa pero estas atontado. Y Pedro baja el volumen, y abre a la puerta para saludar a sus padres e invitarles con una sonrisa a pasar dentro. La sangre que hace unos segundos le hervía ahora duerme, su cuerpo no lo nota, está acostumbrado a esos cambios bruscos. Almudena su madre, le pregunta por su hija pequeña, pero Pedro solo piensa en una cosa, en dar el paso.

Un clavo no quita otro clavo

Posted in - Relatos -, destino, melancolía, recuerdos on abril 11, 2009 by Xavi

Hay imágenes que no desaparecen nunca. Y quien dice imágenes, dice un olor o un sabor. La mente suele retener en la memoria momentos únicos, instantes que significaron algo importante en nuestras vidas, y que solemos simplificar clasificándolos en felices o tristes. De alguna forma que desconozco, a veces pasa que mi memoria recuerda cosas que de manera consciente no concibo como algo importante. Recuerdo por ejemplo el rostro o nombres de personas de mi colegio que nunca significaron nada para mi, y que algunos incluso no llegue a entablar más de dos o tres palabras. En cambio, recuerdo de una manera amplia y poco nítida mis veranos cuando era pequeño en un camping. Dentro de mí, tengo la sensación de a ver disfrutado mucho, de vivir grandes experiencias, pero no recuerdo muchas de ellas. Es curioso, el grado que tenemos de consciencia e inconsciencia de nuestro recuerdos y el poco poder que ejercemos sobre ellos.

 

Desde que era pequeño, he escuchado muchas veces por parte de mi familia o de algún amigo la expresión “un clavo quita otro clavo”. Es una expresión muy utilizada para dar ánimos algún conocido, un intento de consuelo donde hacemos creer a nuestro allegado, que la mala experiencia por la que esta pasando será remplazada tarde o temprano por otra. En ocasiones, así ocurre y logramos eliminar el recuerdo que deja esa experiencia, pero no es una regla matemática. Hay momentos en tu vida que nunca van a dejar de ser parte de ti, cómo cuando uno rompe una relación con la persona que quiere, con la que comparte cosas importantes, con la que se siente complementado, cuando ese punto de apoyo con el que siempre puede contar desaparece, nada es reemplazable del todo.  Es cierto, que con el tiempo uno aprende a superar estas relaciones, y que la aparición de nuevas personas que llenan espacios sentimentales lo hacen más llevadero, e incluso consiguen en la mayoría de casos seguir adelante. Pero los recuerdos, las experiencias, siguen ahí y permanecen para siempre. Creo que si una relación te ha marcado profundamente, ninguna otra ocupará nunca ese lugar, sino que llenará otro nuevo.

Caprichos del destino

Posted in - Relatos -, destino, soledad, tragedia, vida on marzo 13, 2009 by Xavi

 

 

El aroma rancio del puerto le revolvió el estómago, tuvo incluso un amago de vomitarlo todo. Decidió dar un trago a ver si así se le pasaba, al ver que la sensación desparecía volvía a dar otro trago y así hasta perder la cuenta. Aquel lugar húmedo y solitario servía de excusa para evadirse de su desastrosa existencia. Desde bien pequeño su vida se resumía en fracasos, fue un joven rebelde y cabreado con el mundo, quizás por la injusticia de ver morir tan prematuramente a sus padres se metió con todos y recibo de todos. Cuando conoció a María creyó sentar la cabeza, pero un día se marcho sin avisar y nunca volvió a saber más de ella. A partir de entonces, enlazó una depresión con otra que a la larga le llevó a conocer el tentador camino de la drogas.  La autodestrucción y la dependencia le hicieron hacer cosas horribles que desencadenaron en cinco años de prisión. Aquella etapa de la cual salió milagrosamente fortalecido, le sirvió para intentar encauzar su vida, pero fue tan solo minuto y medio. Ya fuera de la cárcel busco un trabajo para sobrevivir  y ocupar el tiempo, que por desgracia nunca obtuvo, la desesperación volvió hacer acto de presencia y aquel hombre en su enésimo intento de encontrar a si mismo cayó en el alcohol. Con cuarenta años de desgracias a sus espaldas se pasaba las noches bebiendo, sentado en el muelle cerca de los barcos atracados que tenían más luminosidad, le gustaba creer que algún día  María iba a volver, y que él no le recriminaría nada, todo sería como entonces.

Como cada noche turbió la dolorosa realidad con algo de vino, pero esta vez la paz que reinaba en el puerto se truncó con el sonido de un disparo .El estruendo provenía de uno de los barcos de al lado, aturdido y miedoso se acerco a examinar la zona. No vio nada extraño en las primeras embarcaciones, pero al llegar a la tercera una sombra le empujo y salió corriendo, después de unos segundos en el suelo se incorporó,  pero su vista borrosa por el impacto y los efectos del alcohol no llegó a reconocer nada. Entró en el barco y  siguió la luz del final de las escaleras del camarote que llevaban a un departamento, y allí lo vio, un hombre desangrándose en una cama. Agonizando, el herido le hizo señas para que se acercara, analizó la habitación y echó un vistazo al exterior por una de las ventanas, acto seguido con prudencia se dirigió hacia la cama, el hombre que a duras penas mantenía la consciencia intentó articular unas palabras, pero fue inútil, se desvaneció.

El día amaneció soleado, el mar calmado contrastaba con el bullicio de la ciudad de fondo. Cuando despertó la cabeza le estallaba, y se sintió desubicado en aquella habitación, con cierta torpeza buscó la cubierta del barco y respiró, era domingo, uno de los días más transitados del puerto, y eso le hizo pensar rápido. Volvió a la habitación y comprobó si aún respiraba pero pronto descubrió que ya era tarde, decidió limpiar cualquier detalle que le pudiera implicar y desparecer lo antes posible. Mientras buscaba trapos con los que secar el vino que había derramado tropezó con algo, era una bolsa negra de deporte. La tentación era tan enorme que ni siquiera dudó en abrirla, dentro había dinero, mucho dinero, cerca de cuatro millones de euros. Sus ojos se iluminaron, y  asombrado por los acontecimientos, acelero su huida de la embarcación.

 

Su aspecto dejaba mucho que desear, su rostro cansado estaba poblado por una barba generosa  y su vestimenta holgada, sucia y húmeda parecía la de un perfecto vagabundo. Estaba claro que llamaba la atención, pero no tenía muchas posibilidades así que intento actuar con la mayor naturalidad posible. Empezó a caminar mirando al frente, tenso, con las manos agarrotadas de tanto apretar la bolsa, intentando mantener la mente en blanco. Unos minutos más tarde se topó con la salida norte del puerto, se sintió algo aliviado y esbozó una media sonrisa. Después, anduvo dando vueltas por la ciudad indefinidamente, lo cierto es que no tenía un plan trazado, simplemente esperaba que pasara rápido el tiempo. 

Sus tripas rugieron, hacia ya unas horas desde que empezó la aventura y su cuerpo mermado pedía a gritos alimentarse. Conocía de sobras la ciudad, cada día la recorría en busca de un poco de dinero con el que comprar varios cartones de vino, así que no le resulto difícil encontrar una panadería por aquella zona.  Cuando se disponía a cruzar la carretera para entrar en el establecimiento, se topó con dos policías que rápidamente se apresuraron en detenerlo. Los reconoció en seguida, eran los mismos que patrullaban el puerto todas las mañanas.

          Buenos días, ¿qué hace usted tan lejos del puerto esta mañana? – le preguntó uno de ellos.

          Dando un pas..paseo  a ver qué en..encuentro. –  Su respuesta aunque rápida pareció de lo más asustada.

          Ha habido un altercado en uno de los barcos del puerto, ¿vio alguna cosa extraña ayer? ¿escuchó algún ruido?

          No, no vi na-da. 

El corazón se le aceleró y sintió como le faltaba aire. Uno de los policías no quedó muy satisfecho con las declaraciones y parecía dispuesto a llevárselo a la comisaria pero su compañero le convenció para que desistiera “es un vagabundo que nunca molesta a nadie, no sabe nada” le dijo.  Aliviado por el feliz desenlace, siguió caminando pero dos pasos más tarde la voz de uno de los guardias le volvió a reclamar. Inmóvil y de espaldas  a ellos se temió lo peor.

          Perdone, se ha dejado usted su bolsa.

          ¿ Eh? ¡Ah!  Gracias agente, muchas gracias.

Por una vez en su desgraciada existencia, la fatalidad que le había golpeado una y otra vez hasta aquel momento descanso. Se sintió liberado, despojado de una carga que le había acompañado mucho tiempo.  Con una tranquilidad mesurada volvió a recordar cosas extrañas para él, compró algo de comida y de ropa nueva, luego entró en una peluquería para afeitarse y arreglarse un poco. Cuando se dio cuenta era ya casi las seis de la tarde, el sol regalaba ya sus últimos minutos de luz,  se sentó en un banco vacio del paseo, cerró los ojos y fantaseó con la idea de buscar a María y de viajar por el mundo.  El hombre sin suerte, abatido, desamparado, sin fe,  el hombre que ya no esperaba nada, se sintió afortunado.

 

 

 

 

Una constante humana

Posted in - Relatos -, preguntas, vida on marzo 2, 2009 by Xavi

 

La mayoría de las cosas que me ocurren tienen como mínimo dobles lecturas. No es extraño escuchar por parte de algún amigo comentarios del tipo “esa es tu visión sobre eso” o “yo no lo veo así”, y es que casi todo en esta vida lo concibo de una manera subjetiva. Quiero pensar que hay verdades universales e indiscutibles, como el lenguaje de las matemáticas. Pero en mi vida los caminos que debo tomar nunca suman lo mismo, y a veces incluso restan, depende como lo mires. No soy un animal irracional, pero reconozco que mis decisiones están influenciadas por muchas más cosas que la razón, tales como la ideología política, compromiso social, bagaje cultural, las opiniones de los demás… y sobretodo por los sentimientos, los tan inestables sentimientos.  Por lo tanto, mi elección a menudo depende de muchas variables, eso si, el peso de mi consciencia es determinante. Tengo claro, que existen “x” caminos que puedo elegir pero la sensación de paz con uno mismo, de sentirse lleno y con la idea de haberlo apostado todo prevalece sobre el control, la mesura y la respuesta políticamente correcta.  Cuando  uno se implica al máximo y le rompen el corazón tiende a protegerse, a mirar recelosamente, y cuando alguien aparece de nuevo en su vida, duda y tiene miedo a volver a caer en lo mismo. Inevitablemente,  he tenido esa sensación y he sentido miedo, pero he aprendido a que no domine mi vida. Odio la expresión “no quiero volver a pasar por lo mismo”, pero odio más la de “te lo dije”. Necesito equivocarme miles de veces para aprender millones de cosas.  No me considero temperamental o insensato, soy consciente de los riesgos que tomo y de las cosas que puedo perder, supongo que quizás todo esto sea fruto de mi juventud, de mi inexperiencia, y con el tiempo, con cierta perspectiva pueda retratarme y aprender de ello, al fin y al cabo errar es una constante humana en el camino al conocimiento.